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jueves, 19 de diciembre de 2013

CONVERSACIONES CON MI MENTE

EL EXPERIMIENTO MILGRAM
En julio de 1961 el psicólogo de la universidad de Yale Stanley Milgram puso en marcha un impactante experimento que se ha repetido una y otra vez en muchos países con los mismos y terribles resultados. El objetivo de Milgram era poner a prueba la disposición de una persona a obedecer a una autoridad aunque esta le diera unas órdenes que chocaran con sus valores más profundos.
Participaron voluntarios con edades entre los 20 y 50 años y con una variada formación: desde personas con estudios básicos a gente con un doctorado. Todos desconocían la naturaleza del experimento y a todos individualmente se les dijo que tenían que hacer preguntas a un “alumno”. Si este contestaba de forma incorrecta, le aplicarían una descarga eléctrica. Este “alumno” era en realidad un actor que sí conocía la naturaleza del estudio. El experimentador estaba junto al “maestro” y le daba a este las preguntas. Obviamente, el supuesto alumno tenía la misión de fallar casi todas, con lo que el “maestro” le aplicaba descargas que empezaban siendo de 45 voltios y llegaban hasta los 450.
El "maestro" creía que estaba dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo era una simulación y el "alumno" fingía los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumentaba, el "alumno" comenzaba a golpear el vidrio que lo separaba del "maestro" quejándose de su condición de enfermo del corazón; luego aullaba de dolor, pidiendo el fin del experimento; y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritaba de agonía. Si el nivel de supuesto dolor alcanzaba los 300 voltios, el "alumno" dejaba de responder a las preguntas imitando los estertores previos al coma.
Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de su "alumno" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al aumentar el voltaje, querían parar, pero la terrible realidad fue que sólo un 35% de “maestros” se opusieron realmente a la autoridad y pararon, pero ninguno antes de alcanzar los 300 voltios. El resto continuaron hasta el final…
La desoladora conclusión de este estudio fue, y sigue siendo que cualquier persona puede cometer actos atroces sólo por obedecer ciegamente a alguien que considerara una autoridad. Históricamente se nos ha educado más para obedecer que para seguir los valores más elementales de respeto, compasión y apoyo. La repetición a lo largo de estos últimos años del experimento con idénticos resultados, sólo indica que necesitamos evolucionar hacia una mayor humanidad. Quizá la vuelta a la sencillez de la naturaleza, con su suave equilibrio nos ayude a relacionarnos con lo y los que nos rodean tendiendo la mano en lugar del puño y negándonos a aceptar cualquier norma que nos lleve a lo segundo.

Mª José Calvo Brasa

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